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Violencia machista y sus consecuencias

Published On 7 Agosto, 2017 | Noticias

Por Mariano Beltrán


 

Dijo en 2013 Margaret Chan, Directora General de la OMS, que la violencia contra las mujeres es un problema global de proporciones epidémicas. A la luz de los datos estadísticos no le falta razón: el 35% de las mujeres en el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual por parte de sus parejas según la OMS, el 43% de las mujeres europeas padeció maltrato psicológico, 13 millones de mujeres sufrieron violencia física, y 3,7 millones violencia sexual en suelo europeo, según datos de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Podríamos seguir con cifras, números y estadísticas; pero la violencia machista es más que eso, mucho más que eso.

He de reconocer que prefiero emplear el término de violencia “machista” en lugar de violencia “de género”; sobre todo porque el género es neutro y el machismo no, y principalmente porque la violencia machista es una forma extrema de dominación patriarcal, que penetra más allá de las estructuras estancas de la dicotomía amorosa hombre-mujer y que llega a cualquier tipo de relación posible, sea eminentemente afectiva o no. Es por esto, y sin perderme en un debate semántico, que el término “machista” tiene un sentido más amplio, holístico y definitorio de la extrema violencia ejercida contra las mujeres y contra todo aquello que atente contra el patriarcado.

La violencia machista tiene en las mujeres que la sufren un efecto devastador: el 63,8% presenta Trastorno de Estrés Post Traumático (TEPT) y el 47,6% Depresión Mayor Grave (Golding, 2007). En sus hijos e hijas, el trauma y los trastornos del estado de ánimo se desarrollan de una forma similar. Tanto el TEPT como la Depresión Mayor tienden al silencio, al ocultamiento de la condición de víctima; así, la violencia machista suele ejercer en sus víctimas una relación compleja y disfuncional con dos emociones en particular: la culpa y la vergüenza.

Es por eso que una de las formas de contribuir a la erradicación de la violencia es visibilizarla, sacarla de los hogares, despojar a la violencia machista de su zona de confort, que no es otra que el ámbito de lo privado, y exponerla en la red pública, en el lugar de todos. Aliviar la culpa con reconocimiento social, despojar la vergüenza con apoyo público. No en vano, una sociedad que queda ajena ante la violencia machista es una sociedad condenada a repetir el modelo patriarcal sine die.

Pido a las mujeres que me estén leyendo que sean conscientes de que todo ciclo de violencia machista pasa por una fase llamada “Luna de Miel”, en la que vuestro maltratador os pedirá perdón, os regalará flores, os llevará de viaje. No os creáis nada. No es cierto. Es sólo un mecanismo más de control. Entiendo que es difícil, desde esta tribuna, hacer entender el comportamiento de un maltratador hasta el punto de que la víctima supere la culpa y la vergüenza, pero hazme caso: PIDE AYUDA. La cosa no mejorará, está en juego tu vida, y la de tus hijos e hijas. Que nunca te haya agredido con un arma blanca o con extrema violencia no significa que no lo vaya a hacer: no le des la oportunidad de hacerlo. Como explico más abajo hay tipos diferentes de maltratadores y ninguno es bueno. Será siempre así, hasta que logres ver la realidad.

Todos tenemos en la cabeza que el prototipo de maltratador es un hombre impulsivo, discutidor, algo así como si llevara escrito en la frente “Soy machista. Atención”. Y ese tipo de maltratador existe, es lo que los profesionales llamamos Tipo II: Impulsivo o PitBull. Pero existe otro tipo de maltratador, mucho más peligroso que el tipo PitBull y, por supuesto, menos reconocible; es el llamado Tipo I o Tipo Cobra. El tipo Cobra no necesita un contexto violento o de discusión para iniciar un ataque, usa la violencia como un medio, no como un fin, ni siquiera provoca situaciones de debate verbal previo, tampoco siente remordimiento sincero. Uno de los datos más reveladores es que, a diferencia del PitBull, el maltratador tipo Cobra sufre un descenso de la tasa cardíaca mientras agrede.

Los profesionales que hemos estudiado la etiología y el tratamiento de la violencia machista somos conscientes de lo necesaria que es la pedagogía, también en los hombres. Etiquetar a los maltratadores de “irreparables” no hace que la violencia machista descienda, más bien al contrario. Los maltratadores, además de delincuentes y verdugos, deben ser tratados como susceptibles de ser rehabilitados. Hoy en día, en prisión, se están llevando a cabo programas de rehabilitación con éxito, y es sólo por esa vía, donde comenzaremos a acabar con la lacra de la violencia machista. Implementar programas integrales de rehabilitación para maltratadores debería ser una apuesta firme en cualquier acción que pretenda erradicar la violencia contra las mujeres y sus hijos e hijas. Si quien me está leyendo es una mujer maltratada, que te quede claro: esta no es una función que debas hacer tú; déjanoslo a los profesionales. Ni lo intentes. Tu vida no está en ninguna ruleta rusa.

La violencia machista, inserta en las sociedades, es una de las patas más del patriarcado. La violencia machista es un problema colectivo y social, y es precisamente como colectivo y como sociedad donde debemos resolverlo; sacando la violencia de las casas y de las relaciones donde damos la oportunidad a la civilización y a la cultura de extirparla, de dejar de utilizar la violencia como un método de relación válido y, lo que es peor, validado.

La violencia en los debates, en las discusiones, la agresión entre mujeres, entre hombres, en definitiva entre seres humanos, también es violencia machista, porque la agresión y la hostilidad son la máxima expresión de un patriarcado agonizante. Porque la agresividad ejerce su influencia en las generaciones presentes y futuras; porque este patriarcado agonizante es más insidioso y más peligroso que nunca. Porque desgraciadamente hemos pasado del patriarcado pitbull al patriarcado cobra.


Fuente: Huffingtonpost.es


 

 

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