A 42 años de conmemoración, aún queda lucha

Published On 8 marzo, 2017 | Columnas

Por Constanza Fernández*


cfpDesde hace medio siglo aproximadamente se viene conmemorando el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, o bien algunas personas lo celebran como el “día de la mujer”. Pero ¿qué celebramos? Más que celebrar, destacar los hitos conmemorativos en que la mujer ha logrado mayores derechos-desde el derecho al voto, el ingreso al trabajo y a la universidad- que sin menospreciar la gran lucha detrás de cada hito, ocultan cánones machistas en la actualidad al posicionar con grandes desigualdades a las mujeres en la esfera política, económica, socio-cultural y en materia de derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos.

Vivimos en una sociedad que ha logrado avanzar en materia de derechos, pero que a la vez está cerrando nuevos caminos a la libertad de todo ser humano, situando en mayor desventaja a las mujeres, ya que desde el siglo pasado se ha considerado el cuerpo de la mujer como eje de control social y centro de las políticas públicas. La religión y el poder político y económico han concentrado sus esfuerzos en dominar la llave de los comportamientos sociales: el útero.

Desde mi lucha por los derechos sexuales y reproductivos de la mujer no puedo celebrar este día, teniendo que aguantar discursos machistas que te felicitan por “tu día” pero te piden conformismo ante esta falsa igualdad de derechos. No puedo celebrar el día de la mujer cuando en un contexto democrático aún no tenemos derecho a decidir si queremos o no ser madres, cuando un Estado no te da solución ante un embarazo no deseado por una violación, cuando aún no se ha legislado, y no es prioridad el proyecto de ley de aborto en tres causales. No puedo celebrar la cantidad de obstáculos históricos para que la mujer pueda ejercer sus derechos sexuales y reproductivos, como barreras en la anticoncepción de emergencia, los métodos de regulación de la fertilidad y el aborto. No puedo celebrar que diariamente sigan existiendo femicidios, violencia sexual, violencia callejera, violencia obstétrica y todos los tipos de violencia contra mujeres, niñas y adolescentes en nuestro país. No puedo celebrar que en la mayoría de las violaciones sexuales el agresor es un familiar o cercano a la víctima. No puedo celebrar que se siga normalizando todos los tipos de violencia, hasta la verbal, como lo es el humor negro de tratarnos [a la mujer que defiende sus derechos] como “feminazis”. No puedo celebrar la cosificación masiva del cuerpo de la mujer. No puedo celebrar la desigualdad de ingresos, la informalidad del trabajo y la minoría de mujeres en puestos de trabajo directivos y políticos.

En definitiva, no puedo celebrar que en la actualidad se sigan vulnerando nuestros derechos básicos como el derecho a la vida, la salud, la libertad, la dignidad, la no discriminación, así también nuestros derechos sexuales y reproductivos. Me parece fundamental que el Estado chileno cumpla con los acuerdos y pactos internacionales en los que ha participado y ratificado para proteger los derechos de la mujer, como por ejemplo la Convención para la Eliminación de todas las formas de discriminación hacia la Mujer (CEDAW) (1979); la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer Belém Do Pará (1994), la Conferencia de Población El Cairo (1994); la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer, Beijing (1995), entre otros acuerdos que el Estado no está cumpliendo, quedando a voluntades políticas la protección y garantía de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer.

Se requiere un cambio cultural más allá de la lucha por la desigualdad de género, sino desde la comprensión del ser humano como una persona con dignidad y libertad de expresión. Invito a la reflexión a quienes piensan que esta lucha es una revolución de moda, a comprender el contexto socio histórico más allá de nuestra propia realidad. No es por casualidad que las mujeres tengamos la obligación social de ser madres, de criar a nuestros hijos/as, de depilarnos, realizar dietas adelgazantes, cirugías, implantes, utilización de cosméticos, pastillas anticonceptivas, y además de asumir que debemos conformarnos con las diferencias socio-culturales que se nos ha impuesto.

Pero no nos quedemos en lo negativo. Se deben evaluar nuevos cambios ante la necesidad de seguir avanzando en la reconstrucción de los derechos de la mujer y de una identidad feminista fortalecida desde lo individual que trascienda a lo social.


 

*Socióloga, Coordinadora del Área de Investigación, Corporación Miles.


 

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