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Correr las vendas para ver las heridas

Published On 2 Agosto, 2016 | Columnas

Por Vanessa East C.

La violencia hacia las mujeres es el rostro más siniestro del Patriarcado y la manifestación más descarnada de la opresión hacia las mujeres. De la mano del capitalismo éste se transforma, se reinventa intentando generar el espejismo de un avance en favor -y no una conquista- de las mujeres. La violencia hacia las mujeres, femicidios e invisibilizadas cifras de femicidios frustrados, viene a recordarnos que el “pacto metaestable entre varones” (Amorós, 2005) sigue estando vigente. Las políticas públicas y las leyes parecen no hacer mella en la decidida acción del abusador.

Las mujeres viven a diario diversas formas de violencia que son expresión de abuso y devaluación, la mayoría de estas naturalizadas y aceptadas. Desde aquellas cotidianas, expresión de las múltiples formas de violencia simbólica, hasta el uso de la violencia física en su expresión última, al femicidio. Cada cierto tiempo se hacen públicos casos que conmocionan a la opinión pública y por algunos días las pautas de programas televisivos se impactan y horrorizan por la brutalidad de las historias que se hacen públicas. Los medios de comunicación se regocijan con la intriga policial desde donde son abordados y aún es posible escuchar discursos que culpabilizan a las mujeres de provocar la ira del autor de la agresión. A más de una década de lo que va corrido del siglo XXI, en Chile un tribunal declaraba la infidelidad como atenuante del femicidio frustrado ocurrido el 2015 en la cuidad de Ovalle. El hombre que apuñaló en repetidas ocasiones a su mujer con una tijera de podar, fue condenado a cumplir arresto domiciliario. Tras la agresión a Nabila Rifo en Chile (Mayo, 2016) es posible apreciar un amplio espacio para frases como la del titular de un diario en España que señala: “Un hombre le saca los ojos a su pareja y le destroza casi todos los dientes por celos”. Al mismo tiempo que algunos medios deslizan como argumento el ejercicio de la prostitución por parte de la mujer, como posible causa de la brutal agresión. El caso de Nabila Rifo, a quien su marido, como ella recientemente declarara, la golpeara brutalmente y arrancara sus ojos dejándola ciega, se nos aparece como un analizador inevitable de la actual situación de las mujeres en nuestro país.

Las mujeres que sufren violencia al interior de sus relaciones de pareja viven un continuum de “tortura doméstica”. La casa, como la celda es el espacio en el cual se somete la voluntad de las mujeres. Esta asociación con nuestra historia reciente y las formas de tortura vividas por los detenidos y especialmente por las detenidas durante la dictadura no solo coinciden respecto a las formas que adquirió la detención y la violencia sexual hacia las mujeres en Chile, sino porque nos recuerda una historia de impunidad y de silencio cómplice tanto del Estado como de la sociedad, para uno y otro caso. Los ojos vendados recuerdan un pasado doloroso de cuerpos doblegados por agentes del Estado a través de la tortura política. Los ojos de Nabila, nos recuerdan que la violencia hacia las mujeres representa nuestra verdadera ceguera social.

Olvido y ceguera hacen parte de nuestra historia. Aunque es posible suponer que la agresión a Nabila no fuera perpetrada por una mafia organizada de varones, constituyendo una caso de los llamados femigenocidios (Segato, 2012) que describen aquellos asesinatos masivos de mujeres que son realizados con una clara intención comunicativa, las marcas en su rostro dan testimonio de que aunque el fin manifiesto de la agresión no sea enviar un mensaje a través del cuerpo mutilado y degradado de una mujer, él o los autores de un ataque, cada vez que se ensañan con el cuerpo de una mujer, de algún modo son el emergente que nos viene a recordar que el Patriarcado está vigente. La calle y la casa son espacios peligrosos para las mujeres: las niñas son las principales abusadas por padres o cercanos a la familia. Mujeres son violadas o acosadas en las calles desde que son escolares y comienzan a habitar solas los espacios públicos. Los femicidios en Chile son principalmente cometidos por esposos, parejas o ex esposos y sin embargo las cifras no dan cuenta de la magnitud del problema puesto que por cada caso que nos conmociona públicamente, los derechos humanos de otras cientos de mujeres son violados a través de múltiples y renovadas formas de tortura doméstica que seguirán permaneciendo en silencio. De algún modo, a través de distintos mecanismos de violencia simbólica las mujeres hemos internalizado “al maltratador”, sea este real o imaginario: construcción subjetiva que deja huellas en nuestra psiquis y en nuestro cuerpo desde que comenzamos a ser sujetos, es tiempo que dejemos caer las vendas para ver nuestras heridas. Ni una menos[1].

[1] Ni una menos, es la campaña Argentina contra el femicidio que se ha extendido a otros países latinoamericanos incluyendo Chile, durante este 2016. Esta frase proviene de la activista mexicana Susana Chávez quien luchó en contra de los asesinatos de mujeres en su país.


 

 

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